viernes, 27 de mayo de 2011

Un nombre, un sentimiento...

El azar nos ofrece combinaciones extrañas de sentimientos, personajes e historias. Si les damos vida seguramente podrán contarnos más cosas.


La enfermera y la muerte


   De pequeña, una tarde de verano, mientras jugaba, Sara sintió algo dentro de su pecho, una pequeña punzada que la desconcertó y la llevó de alguna manera a levantarse y correr al patio donde su abuela dormitaba a la sombra, balanceándose en su vieja mecedora, como lo hacía cada tarde después de comer.
     Al asomarse desde la cocina la vio allí sentada con su librito de poesía en el regazo, los ojos cerrados y un rictus de paz en los labios. Junto a ella, en cuclillas, estaba un hombre delgado, vestido todo de negro, que le decía algo al oído. Tan bajo le hablaba que ni siquiera pudo oír el susurro de sus palabras. De pronto él volvió su cara hacia la puerta de la cocina y la miró directamente a los ojos.
     Sara sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al sentirse descubierta por aquella extraña persona y corrió asustada buscando a su madre para contarle que el “amigo” de la abuela parecía malo y le daba mucho miedo.
     Su madre la miró extrañada ¿qué amigo? pensó.
     Pero el miedo que irradiaban los ojos de la niña era tanto que prefirió ver con sus ojos. La niña la siguió de lejos, asustada.
     Cuando salió al patio no vio nada anormal, ni vio a nadie vestido de negro, solo a su madre durmiendo con el libro sobre las piernas, como tantas veces.
¿Mamá, estás bien? 
     No contestó.
     Al acercarse más a ella vio sus labios pálidos a pesar del calor y sus ojos cerrados, hundidos dentro de las cuencas, le dijeron en silencio lo que no quería oír. No quiso asustar a la niña más de lo que ya estaba. Dando la espalda a Sara se sentó junto a la tumbona y cogió suavemente la mano aun caliente de su madre, esa mano que tantas veces había cogido la suya.
Sara, por favor despierta a papa y dile que venga le dijo mientras dos lágrimas tranquilas caían sobre sus mejillas.
     La niña, que había presenciado toda la escena agarrada al marco de la puerta, corrió hacia adentro y aún se oían sus pasitos repiquetear cuando su madre se derrumbó en un largo sollozo.

Agustín García-Bravo

Hiromi

La angustia devoraba el aire, ya no había sitio para él en aquella habitación. La
luz también se había marchado, había sido engullida por altos rascacielos, sustituida por brillantes y modernos colores. Allí, justo detrás de aquellos edificios, debía de estar poniéndose el sol. Hiromi lo sabía, lo pensaba cada tarde. —Algún día volveré a ver el sol balbuceaba, mientras el olor a alcohol llenaba cada rincón de la habitación, se topaba con la angustia y ambas luchaban durante horas.

Hiromi ignoraba aquella batalla, pues ella ya había sido derrotada por el alcohol. Esa tarde había sobrepasado el límite, en ninguna otra ocasión había bebido de un modo tan desesperado y vehemente. Aquel ritual al que se había acostumbrado se tornaba peligroso, sin embargo, ella no lograba verlo y lo consideraba un bálsamo, una ventana abierta por la que arrojar los trágicos recuerdos, la tristeza y el dolor que éstos le causaban. Era una carga demasiado pesada, un ancla habituada a su corazón, un corazón cada vez más debilitado por el peso y por la cara de una sociedad occidental inhumana y gris. Todo era tan diferente, tan distinto de lo que conocía, que a menudo añoraba volver a su país natal, a su querido Japón.

Laura García

Amaya y la nostalgia

Después de tantos años volvía a estar frente a la pequeña verja de hierro forjado que guardaba la linde de la que fuera su casa. Empujó la puertecita y caminó despacio por el sendero de baldosas rotas que conducía hasta la entrada. En tanto tiempo transcurrido desde que se marcharon a vivir fuera del país y la dejaron cerrada, la naturaleza había hecho su trabajo y había ido reconquistando con paciencia cada rincón de lo que antaño fuera un jardín bien cuidado. La hierba crecía salvaje por todas partes, incluso por el tejado y la pared.
Entró en el comedor. Los muebles aún seguían colocados en su sitio, tapados con sábanas o con grandes trapos cubiertos por el polvo. El tejado y las esquinas estaban repletos de telarañas ya amarillentas. Todo, incluido el aire, con ese olor a rancio de la madera vieja, parecía anclado en otro tiempo, en un tiempo pasado que no habría de volver. Descorrió las cortinas y contempló el jardín. Y la memoria le trajo de nuevo las tardes de sol y limonada, de combas y escondites, de columpios y toboganes. ¡Aquellas meriendas de pan y chocolate! La felicidad de esa etapa de la vida en la que el tiempo y el espacio parecen eternos. Luego todo cambiaría para siempre.
Su butaca seguía colocada junto a la ventana. En ella comenzó a leer sus primeros cuentos siendo muy niña, y siguió sentándose para sumergirse una y otra vez en historias inventadas por otros que hacían volar su imaginación. Allí seguía la mesa para doce comensales en la que le gustaba hacer los deberes. Nunca le gustó hacerlos en su cuarto, prefería los espacios grandes, el comedor inmenso y la mesa tan larga. ¡Cuántas tardes de silenciosas tareas escolares gastó en ella! Muchas veces la acompañó Amaya, sobre todo en invierno, cuando jugar en el jardín era imposible por el frío y ambas gastaban su tiempo en ejercicios de matemáticas y cuchicheos sobre lo ocurrido durante la mañana en el colegio.
Se acercó tranquilamente a la chimenea frente a la que se encontraba el tresillo. Sobre la cornisa había una foto enmarcada de ella y su amiga en el circo. No tendrían más de trece años. Había caras sonrientes y ganas de vivir. Luego la vida las separaría para siempre.
Miró su cara en el espejo encima de la chimenea. Vio su cabello que se tornaba gris y su rostro que empezaba a marchitarse. Sintió deseos de volver a aquel momento, a aquel instante en el que parecía que nada en el mundo lograría separarlas, donde la mezquindad y la mentira no parecen existir. ¡Que pronto se dio cuenta de que no eran más que ilusiones!
Cuando se marchó de aquella casa, la distancia comenzó a separarlas. Después, el tiempo. Comenzaron escribiéndose todas las semanas, contándose las novedades del instituto, pero poco a poco ella se olvidaría de escribir, ocupada en nuevas amistades y en primeros amores. Las cartas fueron espaciándose, hasta que dejaron de escribirse y se olvidó de ella.
Tomó la fotografía entre sus manos. Se apoyó cansadamente en el brazo del sofá antes de sentarse y continuar pensando en Amaya, pensando con nostalgia en la amistad mas verdadera que jamás había tenido.

Carmen Sousa

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