Un amor imposible
Eleonora Kausek cepillaba dulcemente los cabellos de su nieta Angeline, que estaba sentada en una butaca frente al espejo de su tocador. Angeline Cornelius era una muchacha de estatura mediana, delgada y de formas armoniosas. Tenía una tez sonrosada y sus facciones eran pequeñas y correctas. Sus ojos eran negros y sus cabellos realmente espléndidos, una cabellera larga y sedosa que llevaba siempre suelta sobre sus hombros, unos cabellos mórbidos de color castaño oscuro con reflejos dorados. Aparte de lo lánguido de sus movimientos, nada en su aspecto denotaba que estuviera enferma. Sufría alucinaciones que, según su médico, eran producidas por algún shock traumático, pero ni la abuela Eleonora ni el abuelo Angus Cornelius recordaban ningún evento que pudiera haberle ocasionado tal daño. Cuidaban mucho de ella y siempre estaban pendientes de que nada malo le ocurriera. El abuelo se empleaba en hacer todos los recados fuera de la casa para que no tuviese que salir y la abuela, que había sido maestra, se ocupaba de enseñarle todo lo que una chica de su edad debía aprender.
Vivía con sus abuelos desde siempre. Sus padres estaban de viaje desde hacía ya mucho tiempo, ni siquiera podía acordarse cuánto. Tampoco sabía cuándo iban a regresar. La casa de los abuelos era un pequeño palacete de dos pisos situado cerca del mar, que podía divisarse sin dificultad desde las habitaciones de la segunda planta. A Angeline le gustaba el sonido del oleaje y muchas tardes caminaba en solitario hasta el acantilado cercano, donde permanecía largo rato observando la marea. En eso y en leer sentada en el jardín de la casa ocupaba gran parte de su tiempo.
Aquella tarde pidió permiso para ir al acantilado. La abuela Eleonora la miró a través del espejo con cara de desaprobación.
—Sabes que no me gusta que vayas sola hasta allí y últimamente pasas demasiado tiempo fuera de casa.
—¡Pero, abuela! —protestó Angeline.
Eleonora buscó apoyo en los ojos de su marido que acababa de asomar por la puerta de la habitación, pero él torció la cara dándole a entender que dejara salir a la chiquilla.
—Está bien, pero no quiero que vuelvas muy tarde. Te entretienes demasiado por ahí y no me gusta que andes sola.
—¡Gracias, abuelita!
Angeline saltó de la butaca en la que estaba sentada y, dando un sonoro beso a su abuela, salió corriendo escaleras abajo.
—No debes ser tan recta con ella, mujer —dijo Angus— no va a pasarle nada. Sólo va al acantilado a distraerse.
—A distraerse ¡Ja! ¿Sabes las cosas que me cuenta cada vez que viene de por ahí? Tenías que oírla, Angus. Esas malditas alucinaciones no la dejan en paz. A veces tengo que seguir la corriente y decir a todo que sí. ¡Esta pobre chiquilla! Y de un tiempo a esta parte algo raro le pasa. La noto diferente, como ausente.
—¡Bah! Tonterías, Eleonora. Hay que dejarla salir a tomar el aire. Estar encerrada aquí es lo que le hace mal.
—Puede que tengas razón. ¡En fin!
Angeline se encaminaba ya hacia el acantilado. Las nubes cubrían el cielo, pero no amenazaban lluvia. Cuando ya se aproximaba al mar, tomó un camino angosto que conducía cuesta abajo hasta una pequeña playa. Esa tarde no eran las olas lo que quería contemplar. En una de sus excursiones solitarias había conocido a alguien. Era un muchacho mayor que ella, delgado, moreno, bien parecido, con un peinado que parecía desafiar las leyes de la gravedad. Le había visto ya varias ocasiones y no paraba de pensar en él a todas horas. A veces iba solo hasta la playa, pero la mayoría se acercaba a darse un baño con algún amigo. Consiguió averiguar su nombre y algunas cosas más. Se llamaba Alán Aparicio y trabajaba en un restaurante en el centro del pueblo. Angeline había intentado seguirle algunas veces de regreso a casa, pero el camino hasta el pueblo desde allí era largo y temía que sus abuelos, especialmente su abuela, sospechasen algo.
Cuando llegó a la playa lo vio solo, sentado cerca de la orilla, rodeando las rodillas con los brazos. Ella se sentó próxima a él, buscando la ocasión para que se percatara de su presencia y entablaran conversación. Sin embargo, él no se dio ni cuenta de que estaba allí. Angeline se entristeció, pues era demasiado tímida para acercarse y dirigirle la palabra. Al poco rato aparecieron tres chicos, amigos de Alán. Ahora sí que daba por perdida la oportunidad de hablarle. Se levantó y se sentó junto a la pared que formaban las rocas que bordeaban la playa y allí permaneció hasta que los muchachos se marcharon. Volvió a casa cabizbaja, pensando en la manera en la que podrían conocerse de verdad.
Pasaron varios días sin que volviese por allí. No quería que la abuela Eleonora advirtiera nada raro.
Una mañana, el abuelo le anunció que irían a visitar a los Campoamor, una familia vecina por la que Angeline sentía cierta aversión.
—Sólo iremos la abuela y yo, cariño. Diremos que tú no te encuentras muy bien —dijo, guiñándole un ojo a su nieta.
La visita a los Campoamor significaba que sus abuelos pasarían fuera prácticamente todo el día, y ella dispondría de todo ese tiempo para hacer lo que quisiera. ¡Qué momento para caminar hasta el pueblo y tratar de encontrar a Alán! Eleonora y Angus se despidieron de ella hasta la tarde. Les prometió estudiar y leer a lo largo del día. Una vez que los vio salir por la verja del jardín y tomar el camino hacia la casa de los vecinos, más allá del acantilado, Angeline tomó su paraguas y salió por la puerta en dirección opuesta, rumbo al pueblo. De camino comenzó a llover. Era una lluvia fina, de esas que parecen no mojar, pero si no te cubres puedes acabar empapado. Tardó un buen rato en llegar a las primeras casas que daban entrada al pueblo. No encontró a nadie por la calle. Todo parecía en silencio. No eran muchas las veces que había estado allí, y siempre a escondidas, pues le tenían prohibido bajar sola. Tenía que buscar una placita con una iglesia pequeña y un árbol en medio. Anduvo por las calles empedradas algo perdida, hasta que encontró el lugar que buscaba. Haciendo esquina entre la plaza y una callecita estrecha estaba El Pórtico, el restaurante donde trabajaba Alán. Se asomó por una ventana para ver si estaba dentro. Y lo vio. Se movía ágilmente entre las mesas atendiendo a la clientela. No había demasiada gente. En una de las mesas, colocada cerca de la ventana desde la que ella se asomaba, había tres mujeres comiendo. Una de ellas parecía captar la atención de él cada vez que se les acercaba. Lo miraba firmemente, haciendo que ignorara a sus compañeras y al resto de los comensales. Angeline se sorprendió de la seguridad de aquella mujer. ¡Lo que ella daría por captar su interés de aquella manera! Se retiró de la ventana y fue a sentarse en el poyete que rodeaba al árbol, presa de su cobardía. Después de un rato, Alán salió a fumar y a hablar por su móvil. Minutos más tarde las tres mujeres salieron, pasaron por delante de él y se despidieron. El siguió allí sentado hablando por teléfono, sin dar ninguna prueba de haberla visto. Cuando terminó de hablar y fumar, volvió dentro del restaurante y Angeline decidió regresar a casa.
Después de aquello estuvo al menos dos semanas sin poder salir. El invierno se había echado encima y hacía demasiado frío para paseos. Pasaba las horas leyendo junto a la chimenea o repasando lecciones en la cocina junto a su abuela. Uno de aquellos días se preparó una gran tormenta. El abuelo estaba en su despacho ordenando papeles y la abuela leía por enésima vez La Odisea al calor del fuego. Angeline estaba asomada a la ventana de su cuarto, desde la que veía a lo lejos el mar embravecido y el cielo cada vez más negro. Comenzó a llover con fuerza, tanta que las gotas de lluvia rebotaban en el suelo. A lo lejos, por el camino que venía desde el acantilado, divisó a alguien que se acercaba corriendo, probablemente sorprendido por el aguacero. Llegó hasta la casa y se quedó parado indeciso frente a ella. Vio quién era: Alán Aparicio. Se estaba empapando. ¡Aquella era su ocasión! ¡Por fin podría hablar con él y conocerle de verdad! Pensó en bajar e invitarle a entrar hasta que escampase, pero él se adelantó. Saltó la verja y cayó al jardín, dirigiéndose rápidamente a la entrada. Ella salió como un rayo de su habitación y bajó por la escalera para abrirle la puerta. Pero no hizo falta. Él ya la había abierto de una patada. Se sorprendió de aquella brusquedad y se quedó parada entre dos peldaños. Él entró en la casa alterado y empapado por la lluvia. Cerró la puerta y se sacudió el agua de la ropa. Vio el espejo de la entrada, frente al comienzo de la escalinata. Se miró en él mientras trataba de secarse la cara y se colocaba el pelo. Y entonces sucedió lo que Angeline tanto anhelaba. Sus miradas se encontraron por fin a través del espejo. Contempló su cara dulce, sus labios gruesos y sus ojos negros, brillantes, llenos de energía, de luz… de vida. Él se quedó inmóvil unos segundos y después se volvió hacia ella, escrutando todo lo que tenía a su espalda, pero sin mirarla directamente. Volvió a mirarse en el espejo y volvieron a encararse a través de él. Alán palideció, corrió hacia la puerta y huyó despavorido. Angeline se quedó rígida, agarrada fuertemente al pasamano. Acababa de conocer la razón del desinterés por ella. Acababa de descubrir que estaba enamorada de alguien que estaba vivo.
Carmen Sousa
El libro de Ramón
Ramón era criado en casa de mi abuela Andrea desde siempre. Afable, servicial y de pocas luces, apacentaba el ganado, labraba la tierra, cortaba leña y soportaba de buen grado a los niños de la familia, mis primos, mis hermanos y yo, que entonces le llamábamos tío Ramón; incluso había fotos familiares en las que aparecía el buen labriego llevando en sus brazos a los más pequeños. Después me mandaron a estudiar a un internado y cuando volví al pueblo, al cabo de varios años, supe que Ramón estaba enfermo. Rápidamente fui a visitarle a su dormitorio de siempre, pero a pesar de ser la misma persona que había tratado durante años, noté algo extraño y un escalofrío recorrió mi espalda. Los ojos de Ramón tenían una expresión distinta a la que yo le conocía, y así se lo comenté a la gente de la casa, pero me dijeron que eso era por la fiebre, que la enfermedad le tenía muy deteriorado y no tardaría en morir.
A la tarde siguiente volví a entrar en su cuarto y nos quedamos a solas. Entonces Ramón dijo que iba a confiarme un secreto que le atormentaba y sacó un libro de debajo del colchón. No tenía título, busqué el autor y no lo encontré escrito por ninguna parte. Solamente una nota manuscrita en su margen decía: “Al estilo de Kaspar Von Stieler”. Lo que a Ramón le tenía preocupado era que en su interior había varios dibujos representando a un hombre lobo. —¿A que soy yo? —me preguntó. Efectivamente se parecían bastante, pero yo traté de tranquilizarle diciendo que aquellas ilustraciones no eran fotos sino dibujos y que no representaban a nadie real. Le pregunté dónde lo había encontrado y para qué lo quería si no sabía leer. —Lo encontré en la fraga de Sendín, bajo el castaño viejo que está junto al camino y cuando vi los dibujos me lo quedé. Quiero que me lo leas para saber qué pone.
Yo tomé el libro, lo abrí y comencé a leer la descripción del protagonista:
“Tenía un rostro aguileño, la frente alta y abombada y el cabello escaso en las sienes, aunque abundante en el resto de la cabeza. Las cejas, muy pobladas, se le juntaban en el ceño y tenían el pelo tupido que parecía curvarse por su misma profusión. La boca, o lo que se veía de ella debajo del grueso bigote, era firme y algo cruel, con unos dientes singularmente afilados y blancos; le salían por encima del labio, cuyo notable color rojo denotaba una vitalidad asombrosa en un hombre de su edad. La impresión general que daba era de una extraordinaria palidez”.
Creí que Ramón se conformaría con eso, pero no; quería que se lo leyese entero y cuanto antes. —Por favor —me suplicó— no me queda mucho tiempo.
No se le niega un capricho a un moribundo, sobre todo si es verano, uno no tiene mucho que hacer y además le han enseñado que es una obra de misericordia visitar a los enfermos. Durante dos semanas, tarde tras tarde, entré en el cuarto de Ramón. Me sentaba en un viejo sillón de mimbre y retomaba la lectura donde la había dejado el día anterior. Ramón, cada vez más debilitado, escuchaba con impaciencia. Sus ojos, aparte de la fiebre, expresaban una inteligencia muy superior a la que le conocíamos e incluso el vocabulario que usaba era mucho más completo y culto, con palabras que hasta entonces jamás había pronunciado. Observé también que, según iba yo leyendo la historia de aquella criatura, el enfermo adquiría una extraña clarividencia y adivinaba las hazañas del protagonista antes de que yo se las leyese. —¿Esto ya te lo ha leído alguien, no, Ramón? —No, no me lo han leído, es simplemente que me he acordado. ¿A que pone que voy a morir en Escocia? ¿A que si? ¿No ves que soy yo? —Pero Ramón ¿cómo vas a ser tú?, no tenemos más que una vida y tú de momento estás aquí, y no eres ningún hombre lobo, eres nuestro amigo de siempre.
Aunque le llevaba la contraria, yo también había comenzado a creerlo. Me decía a mí mismo que los cambios físicos y psíquicos del enfermo eran causados por su agonía, pero observaba el rostro pálido y demacrado de Ramón, su mirada inteligente, la vehemencia de su actitud en un hombre que siempre había sido tranquilo, su extrema delgadez que hacía que las mejillas le hubiesen desaparecido, mientras que la nariz se levantaba como majestuosa quilla de barco, a cuya sombra los labios sumidos dejaban al aire unos dientes poderosos; después comparaba todo ello con el personaje del libro y comprobaba que Ramón y él eran idénticos.
Cuando llegué al último capítulo, donde efectivamente el hombre lobo moría en Escocia, Ramón me dijo: —He pasado esta vida como un pobre analfabeto, cuando en una vida anterior era un doctor famoso y un dibujante magnífico; las ilustraciones de ese libro las hice yo mismo—. De nuevo achaqué la frase al delirio del pobre Ramón.
Al día siguiente vinieron el médico y el cura. Mientras el primero entraba con mi abuela en el dormitorio del enfermo, yo, que entonces era un jovencito muy religioso, le conté al sacerdote mis tardes con Ramón y la existencia del libro que a mi parecer le había trastornado. —Puede ser —me contestó —. Lo mejor será enterrar el libro con él para que no le haga daño a nadie más. Después entró el sacerdote y estuvo largo tiempo a puerta cerrada, supusimos todos que confesando a Ramón; cuando salió estaba muy extrañado: —¿Este hombre ha sido emigrante? —No —contestó mi abuela —ha vivido siempre con nosotros, era casi un niño cuando entró a servirnos y no se ha movido de esta casa. —Qué raro, está hablando en una jerga difícil de entender, pero yo que he vivido en las islas británicas juraría que es gaélico.
A primera hora de la mañana las campanas sonaron a muerto. Ramón había fallecido y tal como dijo el párroco, el libro fue enterrado con él.
Pasaron varios años en los que recé por Ramón con toda la fe que entonces tenía. También mi abuela daba misas periódicamente por el alma de su fiel criado. Todo había vuelto a la normalidad. Yo, cuando recordaba el libro de Ramón y el miedo que había pasado ante el delirio del pobre enfermo, acababa con una sonrisa de benevolencia hacia los pocos años que yo tenía entonces y que me habían hecho sugestionarme.
Pero llegó otro verano y una celebración familiar hizo que nos reuniésemos todos en casa de la abuela. Hubo comida, bebida, recuerdos cariñosos para los que ya no estaban, entre ellos Ramón. Después los jóvenes fuimos de verbena. Sobre las dos de la madrugada mis primos me dijeron que tenían que acompañar a sus novias a sus respectivas casas, pero que me fuese con ellos, que no cruzase a esas horas solo la fraga de Sendín, que había quien decía que en los últimos tiempos se habían advertido sucesos extraños. Pero yo creí superados todos mis miedos, ya tenía veintitrés años, me consideraba un hombre y nunca había creído en fantasmas ni en otras supersticiones de la comarca. Les di las gracias, esbocé una sonrisa de suficiencia y decidí hacer yo solo el camino de regreso.
Me adentré por el sendero del bosque, con una luna clara sobre mi cabeza, aunque también llevaba una linterna para los lugares donde los árboles fueran muy altos y no dejasen pasar la luz. Una lechuza me miró desde un roble e inició su vuelo silencioso. Me sobresalté y apuré el paso hasta que mis ojos dieron de frente con el viejo castaño. Entonces grité: a sus pies había un libro con la misma apariencia que el enterrado con Ramón. Empecé a correr como un loco; tropecé varias veces y caí al suelo, pero volví a levantarme y seguí corriendo como no lo había hecho nunca; tenía la sensación de escuchar a mi lado un jadeo que no era el mío. Llegué a casa, los mayores dormían, mis primos no habían llegado; entré en la cocina y bebí un vaso enorme de agua, estuve un buen rato sin atreverme a entrar en mi dormitorio; cuando por fin lo hice, vi que el libro estaba sobre la mesilla de noche. Me santigüé varias veces y recé un padrenuestro, encomendé mi alma a todos los santos para conjurar a los malos espíritus que sin duda me rondaban. Por último, con manos temblorosas, lo abrí. El libro solamente tenía dibujos que relataban a su modo la vida del Ramón que yo conocía, representaban la casa de mi abuela, los nietos jugando, Ramón con ellos en brazos, escenas de la labranza y la siega; después la enfermedad, la habitación con un enfermo decrépito y a su lado un jovencito de quince años que, sentado en un viejo sillón de mimbre, le iba leyendo otra historia.
Milagros González
TRES HISTORIAS DE MIEDO
El sueño recurrente
Otra vez el mismo sueño. La misma bola de fuego acercándose a la tierra. La veo desde la ventana de mi dormitorio, en la casa de mis padres. Es la misma. Luego me despierto atemorizada porque en mi sueño sé se acerca el fin del mundo. No llegaba a comprender qué había sucedido, pero la Tierra había perdido su órbita en torno al Sol y ahora vagaba por el espacio sin rumbo hacia un destino impredecible. Ahora otra estrella viene hacia nosotros y se estrellará contra nuestro planeta. Es un impacto inevitable. Yo sigo mirando con terror desde la ventana, veo como se acerca esa estrella de fuego.
Han sido años y años repitiendo el mismo sueño, siempre despertaba antes de que llegase la colisión, pero la sensación de espanto y terror era difícil de olvidar.
Hoy la pesadilla se repite, intento abrir los ojos y despertarme. De nuevo allí está la estrella roja, la veo acercarse rápidamente, se que algo había cambiado, no estoy en la casa de mis padres, ésta es mi casa, la gente corre por la calle, oigo sus gritos, vuelvo la cabeza, esa es mi cama, en ella duermen mis hijos, están inmóviles. Mi marido esta abrazado al cuerpo sin vida de Eva, nuestra hija pequeña, en su mano lleva una pistola, se levanta, viene hacia mí: —Es la hora el fin se acerca —me dice. —Es irremediable.
Y ahora lo sé... hoy no estoy soñando.
Vulcano
Ya había pasado otras veces durante la última semana. Vulcano, nuestro pastor alemán, queda petrificado en el pasillo, gruñendo y mirando a un punto fijo. Varias tardes le tenía que acompañar al patio para que viese que allí no había nadie. Vulcano no es un perro asustadizo, sólo se acobardaba ante fenómenos que no ve: cortinas movidas por el aire, los ruidos fuertes, sin embargo, ante posibles invasores se muestra muy agresivo.
Miré el reloj. Marcaba las tres de la madrugada. Vulcano llevaba un buen rato gruñendo. “Va a despertar a Raúl” —pensé—. Mi marido, tenía que madrugar al día siguiente, así que me levanté despacio, fui al pasillo y encendí la luz, pero el perro siguió clavado en el suelo, gruñendo. Me acerque a él y sentí cómo el animal temblaba. Intenté, en vano, que me siguiera al patio. Desde la ventana miré al exterior. No había nada extraño. —Vamos, Vulcano, no hay nada fuera, vete a dormir —. El perro no se movió un centímetro. Empezaba a estar asustada; como el perro, yo también miraba al mismo punto de la pared del pasillo, tratando de comprender el motivo de su terror.
Al final decidí volver a la habitación. —¡Raúl, despierta! Algo le pasa a Vulcano —. Encendí la lampara de la mesilla y entonces descubrí que Raúl no estaba en la cama. Pero si yo estaba fuera ¿como ha podido salir sin que le viese? Quizá esté en el baño —pensé mientras iba a buscarle—. No estaba. El perro gruñía cada vez más y mi pánico crecía por momentos. —¡Raúl, Raúl! —dije gritando—. Nadie me respondió. Tengo que salir de esta casa, pensé. Me puse la bata sobre los hombros, me dirigí a la puerta y entonces todo se ensombreció.
Medio adormecida abro los ojos y susurro: —Raúl, he tenido un sueño horrible —. Entonces me doy cuenta de que no estoy en mi cama, estoy en una camilla. A mi lado, en otra, esta Raúl. me cuesta apreciar el entorno, la luz es muy tenue, al fijarme distingo mejor a Raúl, veo su cara vuelta hacia mí, sus ojos vidriosos que me miran sin vida. Distingo el cuerpo de Vulcano. Está en el suelo, parece destrozado. Intento moverme pero unas correas me sujetaban con fuerza, lloro, suplico, grito, pero en el fondo tengo la certeza de que nadie me escuchará.
La mujer del cuadro
Guillermo pasó delante de la sala de exposiciones y al mirar a través del cristal de la entrada divisó el cuadro de una hermosa mujer sentada en un tronco, en un jardín del que sólo se distinguía la espesura de los árboles. Al mirarlo con detalle se fijó en los ojos, aquellos ojos.... Guillermo no sabe por qué, no puede evitarlo, entra en la galería y, sin pensarlo dos veces, compra el cuadro.
Este lienzo nada tiene que ver con sus gustos pictóricos, ni con la decoración moderna de su casa, pero no le importa. Espera con impaciencia la llegada de la compra y en cuanto llega la dama la sitúa en la pared principal del salón, frente al sofá.
Desde este momento cada vez que se sienta allí, con idea de ver un rato la televisión, algo o alguien le obliga a mirar a la mujer del cuadro, no puede apartar la vista de esos ojos que le traspasan, hay algo hipnótico en esa mirada. Al principio la necesidad de mirarla se produce sólo cuando se sienta frente a ella, pero poco a poco la obsesión se apodera de él. Espera con ansia el final del trabajo para volver a casa y encontrarse con esa bella dama, y cuando va por la calle la compara con las mujeres con las que se cruza. Ninguna como ella.
Un día, al salir de la oficina, se acerca a la galería. Necesita saber más sobre el cuadro y su autor. Allí le informan que el pintor era un joven artista muy prometedor, pero que desgraciadamente había muerto un año atrás. La exposición la organizó una hermana del finado. Comenta a la galerista que necesita ponerse en contacto con ella, y la chica no tiene problema en darle el teléfono. Guillermo llega a su casa, sin perder un minuto llama en busca de información, pero la hermana no puede darle detalle alguno sobre la misteriosa mujer, sólo sabe que esa era la pintura que estaba en el caballete cuando su hermano murió.
Es en un callejón sin salida, nunca podrá encontrar a la modelo, piensa, pero sigue sin poder apartarse del retrato. Guillermo comprende que la obsesión es ya enfermiza, pero aquellos ojos le aprisionan, le dan vida. Se sienta ante ella y establece con la mujer largas conversaciones sin palabras, allí se siente feliz, pleno, no necesita de nada ni de nadie, aquel cuadro es ahora toda su vida,
La familia, con la que Guillermo no tiene mucho trato, alertada por una llamada de Oscar, su mejor amigo, decide enterarse de cual es la situación. Oscar les ha dicho que Guillermo pasa todas sus horas libres en casa, solo, y si los amigos van a verle los despacha sin dejarles pasar de la puerta. Un comportamiento raro en una persona alegre y social como él.
Su hermana, tras hablar con Guillermo por teléfono, decide ir a verle. Pasa con el joven al salón y no ve nada raro en la casa. Ante sus preguntas se encuentra con vagas respuestas de su hermano sobre su situación, insistiendo en que está bien y no tiene ningún problema. La chica llama a Oscar para tranquilizarle. —Supongo que se trata de un desengaño amoroso, así que lo mejor será darle tiempo —le comenta.
Guillermo sigue pasando las horas ante la bella dama y cada día dedica más tiempo a su pasión. Finalmente decide no ir a trabajar. Cuando sale del salón siente los ojos de ella clavados en su espalda, rogando que no la deje. El sofá se convirtió en toda su casa. Para no tener que moverse, por la mañana trae agua y algo de comida para todo el día.
Nadie sabe que pasó. Cansados de llamar por teléfono, su familia y su amigo se presentaron en la casa. En el salón encontraron a Guillermo sentado en el sofá, muerto, con los ojos muy abiertos mirando un cuadro de una dama desconocida en la pared.
Oscar entró y enseguida sintió que el cuadro de esa hermosa mujer le llamaba la atención. La mira y sabe que tiene que ser suyo. —Ya sé que es precipitado —dijo a la hermana de Guillermo— pero, ¿puedo llevarme ese cuadro? Sé que a Guillermo le gustaba mucho y quiero tener un recuerdo suyo.
Asun Hernández
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