viernes, 27 de mayo de 2011

Burlar al destino


¿Existe el destino? Nuestros personajes no están tan seguros, así que tratarán de cambiar su historia.

 

Cambiar el destino


Los pasillos de un hospital a media noche son como las calles del centro de una ciudad a esas horas. Bien iluminadas. Bien señalizadas. Pero vacías y solitarias.
Al pasear por ellas sabemos que a nuestro alrededor, tras las puertas y paredes, hay personas. Percibimos susurros y ruidos que nos permiten intuirlas, pero en modo alguno tenemos más pruebas de su existencia que esa vaga presunción.
Era media noche y era un gran hospital el escenario de este drama. En el ala derecha de la octava planta, sentada ante su mesa en el puesto de control, estaba Ángela, revisando los datos del relevo de turno.
Ángela era enfermera. Siempre, desde que guarda recuerdo, había querido serlo. De niña jugaba a cuidar sus muñecas. De mayor estudió con ahínco para conseguir las notas necesarias y acceder a la escuela de enfermeras. Acabó la carrera. Aprobó la oposición y consiguió una plaza de trabajo en el mejor hospital de la ciudad.
Con cuánta ilusión se incorporó a trabajar su primer día, qué orgullosa se sintió al tener por primera vez personas bajo su responsabilidad.
Tenía 21 años.
Alguna vez, hace poco, había pensado en lo lejos que quedaba todo eso. Ahora, 34 años después, muchas cosas se habían perdido por el camino.
Había ayudado a traer niños al mundo, había auxiliado a cirujanos que salvaban vidas en jornadas interminables llenas de hastío y mal humor, en las que evisceraba y remendaba a gente anónima sin más interés que acabar pronto para escapar de allí.
Había acompañado a personas acabadas por enfermedades cruentas, llevado palabras de apoyo a sus oídos y fármacos asesinos a sus venas. Había mirado a sus ojos sin futuro y les había mentido para que se sintieran mejor, para sentirse mejor.
Había mentido a su madre cuando un cáncer la fue devorando poco a poco. Le había hablado de esperanza, por pura cobardía, y había derramado muchas lágrimas después, por dejarla que se fuese así, amortajada entre mentiras.
Ángela no tuvo novio, ni se casó, ni tuvo hijos. Alguna vez se enamoró, pero sin la intensidad y la curiosidad necesaria para llegar a nada duradero. Durante unos años alimentó una amistad con un antiguo compañero, ambos tenían derecho a mucho, pero no a todo del otro ¿para qué más? Y les fue bien hasta que llegó un momento en que todo ese juego perdió su significado para ellos. Desde entonces está sola. Sola de verdad.
Estaba sumergida en algunos de estos pensamientos cuando de pronto algo rompió la quietud de los pasillos. Una anciana de pelo blanco y ralo enfundada en un obtuso camisón mal abrochado pasó caminando rápido ante ella. Empujaba con su mano derecha un palo con ruedas del que colgaba tambaleante una botella de suero. Llegó con sus pasitos cortos y urgentes al cruce de pasillos y giró a la izquierda.
Fue tan rápida su llegada y su desaparición que Ángela no supo reaccionar ni acertó a decir nada. Al reponerse, se levantó y corrió tras ella.
Al doblar la esquina no la vio. El corredor era muy largo, era imposible que hubiese llegado al final, por ello comenzó a buscarla dentro de las habitaciones, asomándose a una puerta tras otra, intentando no hacer ruido.
La encontró en la cuarta habitación en que miró. Estaba de pie junto a la cama de la joven que la ocupaba: Laura, 25 años, estable tras una intervención cardiaca, recordó de su historial. La joven dormía un sueño barbitúrico e inquieto, conectada a múltiples y sofisticados artilugios que vigilaban sus constantes vitales y las mantenían estables, con la diligencia de un ángel de la guarda electrónico.
Ángela avanzo hacia el interior y le pidió suavemente a la anciana que saliese con ella al pasillo. Tenía miedo de que, en su desorientación, pudiese destrozar los delicados cordones umbilicales de los que dependía el equilibrio vital de Laura.
La anciana retrocedió hacia el fondo y mientras lo hacia, levantó pausadamente la mano izquierda y, sin saber cómo, sin mano que la tocase y sin emitir ruido alguno, la puerta de la habitación se cerró, sumiéndola en la penumbra. Con la misma mano señaló el sillón situado junto a la cama.
Ella fue a decir algo pero la extraña vieja se adelanto y con una voz innatural le ordeno ¡Siéntate! Ángela notó que las piernas dejaban de sujetarla y resistiendo como pudo esa repentina y extraña flojera se dejó caer en el asiento.
A la vez que se sentaba le pregunto ¿Qué hace usted aquí? No la conozco, no está ingresada en esta planta la anciana sonrió y con una voz cavernosa y espeluznante afirmo Yo no soy nada, ni nadie, lo mismo que he sido siempre, durante toda la remota eternidad.
¿Quieres ver quién realmente soy? le dijo a una Ángela paralizada por el miedo. Volvió a levantar el brazo derecho extendido frente a ella y al llegar a la altura de su pecho comenzó a cerrar poco a poco la mano, convirtiéndola en un puño. Conforme se cerraba ese puño, Ángela notaba más y más que algo abandonaba su cuerpo y, al hacerlo, la agarrotaba y la asfixiaba vaciándola de vida, y mientras sentía esta agonía al mirar a la anciana percibió cómo esta, poco a poco, envuelta en una rara neblina, se fue transmutando de la mujer pequeña y añosa vestida con un desastrado camisón y agarrada a su palo de suero, a la imagen borrosa de un se enorme envuelto en una capa oscura y cubierto con una capucha que no dejaba ver de su rostro más que el destello ígneo de lo que amenazaban ser unos ojos diabólicos. En su mano derecha el palo del suero se transformó en la revelación definitiva: una guadaña amenazante y afilada.
La maligna figura abrió el puño y el aire y la vida volvieron de nuevo al pecho de Ángela. Ante sus ojos apareció otra vez la anciana y en sus oídos volvieron a sonar los ruidos de la habitación, los ruidos de la vida que hace un momento se le iba.
Esta vez, con una asombrosa voz dulce, la anciana le dijo No tengo mucho tiempo, escúchame bien —. Ángela la miró desencajada mientras llenaba su pecho una y otra vez del aire que antes le había faltado. Esta vieja que ahora habito es solo una ilusión, la verdadera murió hace una hora, dos plantas más abajo; vino a mi regazo, agradecida por librarla del terrible dolor sin fin que le producía la enfermedad que padecía.
Luego se giró hacia la cama de Laura y dijo calmosamente También tenía que llevarme a esta joven, pero tú me viste al pasar cuando nadie lo ha hecho nunca, y has oído mi voz cuando solo la oyen los que se disponen a acompañarme se giró y la miró a los ojoseso debe significar algo, nunca antes me había ocurrido.
La enfermera no sabía qué decir, pero de lo hondo de su ser afloró el instinto de protección hacia sus pacientes, que había cultivado durante tantos años, y susurró costosamente pues aún le faltaba el aire No la mates, es casi una niña, apenas ha saboreado la vida.
La anciana le contestó En este momento lo mismo me da una vida que otra, pero alguien deberá ocupar su lugar ¿quieres acaso ser tú? Guardó silencio un momento durante el que simuló esperar una respuesta, y después dijo —No, verdad.
Ángela apartó la mirada y con una calma que la asombró hasta a sí misma, le dijo No tengo valor para ofrecerte mi vida a cambio. No quiero morir aun. Pero te daría cualquier otra cosa que me pidieras.
¿Cualquier cosa? —contestó divertida.
Lo que sea —insistió Ángela.
Poco a poco se aproximó a ella y apoyándo una mano helada en su hombro acercó la boca a su oído, y en un susurro le explicó cuál sería el precio a pagar por la vida de la joven Laura. Después se irguió de nuevo y se encaminó a la puerta, la abrió y antes de irse se giró y le dijo con la voz cavernosa del ser diabólico que realmente era —Hasta la vista, a las dos.

A la mañana siguiente Ángela entregó el parte a la compañera que la relevó. No había novedades significativas que contar.
Después se dio una ducha, se vistió y se encaminó a los ascensores. Pulsó el botón del sótano. Cuando llegó recorrió varios pasillos solitarios hasta llegar ante una puerta metálica. Llamó al timbre y le abrió el celador de servicio en el Deposito ¿Qué quiere? preguntó.
Ángela le enseño la identificación y le explicó que le habían dicho que una paciente de la sexta planta a la que conocía había muerto esa noche y quería, si era posible, despedirse de ella.
El celador la miró extrañado y le dijo —No se si puedo dejarla pasar sin un permiso del forense.
Será solo un momento casi susurró Ángela.
El tipo le abrió la puerta y ambos se dirigieron al ordenador de su mesa Sexta planta, 4 decesos, un hombre y tres mujeres, 20, 44 y 70 leyó el celador .
Es la de 70, no recuerdo su nombre dijo ella.
Ya, espero que esto no me traiga problemas espetó él mientras se levantaba, cogía un manojo de llaves de la mesa y se encaminaba seguido por ella hacia las cámaras frigoríficas.
Abrió una de ellas, saco la bandeja deslizante sobre la que descansaba un bulto cubierto por una sábana blanca. Levantó un extremo de la sábana y descubrió el rostro ya conocido de la anciana.
—Cinco minutos dijo el celador mientas volvía a su mesa dejándola sola. Ángela alargó su mano y la detuvo justo antes de tocar la cara ya acartonada de la anciana.
Mientras la miraba recordó lo que la Parca le había apuntado al oído usando una copia de esos labios secos que ahora miraba:
No podría volver a cuidar a nadie, si sus manos tocaban a un enfermo, marcarían su destino, y esa misma noche ese ser maldito se lo llevaría consigo. Se acabó ser enfermera, se acabó su antigua vida dedicada a los demás.
Tal vez esa exigencia pensó que parecía interesar tanto a ese ser oscuro, fuese una suerte de renacimiento para ella. Tal vez al destruir a la enfermera haya devuelto a la vida a la mujer anulada por las renuncias de este oficio, que desde siempre había acaparado su vitalidad y energía hasta dejarla fuera de cualquier otra existencia.
Tiene que irse ya —. El celador estaba nervioso.
Cubrió la cara del cadáver y cuando fue a introducir de nuevo la bandeja en la nevera vio la etiqueta que colgaba atada a un dedo del pie. La curiosidad pudo más que ella y quiso saber el nombre de la anciana.
Esperanza leyó. Una tenue sonrisa floreció en su rostro.
Salió del hospital. Ya en la calle llenó su pecho del aire limpio y frío de la mañana y se encaminó con paso decidido calle abajo, hacia su nueva vida, lejos de allí.

Agustín García-Bravo

De "La muerte en Samarra", de Gabriel García Márquez 


El camino fue largo y tedioso, pero aún así el caballo y el dinero le permitieron llegar a Samarra antes de lo esperado.
Divisó desde el horizonte la pequeña torre de Babel que le da a esa ciudad un encanto especial, aunque no era el momento de pensar en nada de eso.
Era ya noche cerrada y las calles en penumbra dejaban entrever adoquines rectangulares teñidos con ese color gris plateado y húmedo que da la noche.
El criado observaba, a izquierda y derecha, los habitáculos con sus ventanucos de madera labrados entreabiertos.
La oscuridad y el silencio hacían que los cascos del caballo resonaran con más fuerza. Las calles estaban desiertas. Se oían de vez en cuando voces en el interior de las casas.
Había una mezcolanza de olores desagradables a cuero curtiéndose, especias y a guiso de cordero en esa pequeña calle.
El criado estaba seguro de que su huída le había permitido contar con un tiempo precioso, aunque sabía sobradamente que la muerte no le permitiría escapar tan fácilmente. Estaba escrito.
Intentó no pensar en ello. Era difícil. Al fin, decidió buscar una posada para descansar y comer algo.
El olor a cordero guisado venía de detrás de una puerta de madera vieja y agrietada que tenía en la parte superior un cartel que indicaba que allí había alojamiento. Entró y pidió al posadero comida y cama.
Una vez satisfecho el estómago, subió las escaleras que le indicaban donde estaba su pequeña pero acogedora habitación y se encerró en ella, esperando que su perseguidora no le encontrara. Cogió su amuleto entre los dedos, lo acarició y pensó que con su estrella de siete puntas posiblemente tendría la suficiente suerte para que no le pasase nada, y así cayó en los brazos de Morfeo. Durmió, y entre sueño y sueño pensó que su viejo Señor se había portado bien con él, dejándole el caballo y el dinero. Si tenía opción se lo agradecería de alguna manera.
Se levantó temprano para ver si podía llegar a otra ciudad cercana a Samarra, donde tenía amigos a los que pedir ayuda.
No tenía idea de por qué la Muerte se había fijado en él. No había hecho nada por lo que tuviera que pagar con su vida. Sólo trabajar, trabajar y trabajar. No era justo. Era joven y todavía no había hecho todo lo que tenía que hacer. No tenía esposa, ni hijos. Sólo había sido el criado de su rancio Señor.
Cogió el poco dinero que le quedaba y su caballo. Recorrió la ciudad a pie y fue viendo a la gente salir de sus casas.
Estaban montando el mercado en la plaza principal. Él ya había estado otras veces. Conocía a algún que otro charlatán y había hecho negocios con los chamarileros.
Iba cabizbajo pensando en su mala suerte. A lo lejos vio una sombra que le resultaba familiar y aterradora a la vez.
 Sabía que no podía hacer nada. Por mucho que corriera, hiciera lo que hiciera, era su destino. Así que esperó a que la Muerte se acercara y lo llevara con su guadaña a donde fuera menester. No se iba a negar. No se iba ni tan siquiera a estremecer. Estaba decidido a aceptar lo que viniese. Sólo quería saber por qué le había tocado a él. Se lo iba a preguntar y le iba a tener que responder fuera como fuera.
Llegó a su altura con su caballo y el poco dinero que le quedaba y preguntó a la Muerte el motivo por el que había sido él el elegido. La Muerte le respondió:
Ya no vengo a por ti. Ayer por la tarde era tu hora de partida de este mundo. Ese era el momento, y mi oportunidad ya pasó. Nos veremos más adelante.
El criado quiso preguntar antes de que desapareciera:
¿Por qué yo?
Cuando sea el momento, te lo diré. Disfruta del regalo de la vida. Aprovéchala. Me has burlado. Haz todo lo que no hiciste. Tendrás tiempo. En tu puesto he tenido que coger a otro. Sólo he venido para que te despidas.
El criado miró hacia un lado. Allí estaba su Señor despidiéndose de él, haciendo un ademán tranquilo con la mano y sonriendo.
Cuando el criado volvió a mirar a la Muerte para preguntarle el motivo del cambio, se habían desvanecido como el humo de una tea al apagarse.
El criado volvió sobre sus pasos e intentó digerir todo lo acontecido ese día, dudando ya, si había sido todo un sueño.
Cuando llegó a su lugar de origen se encontró con el sepelio de su pobre Señor al que tanto debía, incluso el seguir existiendo.

María Cabellos Muñoz

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